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Los ‘faraones’ de Shehata

La Selección griega que se proclamó campeona de Europa en 2004 expuso en un evento de primer nivel y prestigio una de las máximas del fútbol actual: No hace falta brillar ni ser el mejor, sino saber explotar con acierto las cualidades de tu colectivo para llegar a lo más alto. Aquello reflejó que el ‘otro’ fútbol, el que habla de defensas férreas, marcajes mecanizados y vital aprovechamiento de acciones a balón parado, tenía un sitio cada vez más relevante en el panorama actual.

Por suerte o desgracia, si hay algo con vigencia eterna en el deporte rey, es la revancha, aunque en este caso sea a nivel individual y sólo caracterizada en Egipto, la recientemente coronada como campeona africana. Y es que si los helenos dieron un nuevo aire con su victoria inesperada en Portugal 2004, la Egipto de esta edición en Ghana 2008 quería darse un homenaje particular. Su objetivo era mandar un mensaje de cohesión, de trabajo y de fútbol porque más allá de que la fuerza del bloque haya sido (como en el caso de los de Reeghagel), lo más destacado de los árabes, la principal diferencia es que, en este caso, si ganó el mejor.

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Castigo a la doble P

En la Grecia posterior a la Guerra Civil (allá por 1960) surgieron, con la inestabilidad como principal punto negro, numerosos intentos de orden público y político. Así, el país pasó por manos monárquicas, democráticas o moderadas entre la mirada atónita de un pueblo incapaz de mantener la calma. Por desgracia, uno de los intentos de golpe de estado triunfó en 1967, siendo Georgios Papadopoulos su líder.

Este militar de la segunda Guerra Mundial y político tras varios ascensos honoríficos, logró, a base de fuerza, el sueño que siempre persiguió como guerrero y quiso llevarlo más lejos, extendiendo sus raíces a todo aquello que relanzara la imagen del pueblo heleno. Uno de esos valores que tanto orgullo creaba en la sociedad era el fútbol y Papadopoulos, como todo buen represor, supo aprovecharlo.

Sin ser un fiel del deporte, el déspota sí exportaba sus amores por los colores verdiblancos del Panathinaikos, dominador griego en la época y, sobre todo, su mejor baza a la hora de grandes gestas en Europa. Así, cuando el equipo ateniense se plantó en las semifinales europeas, el general vio una gran ocasión para expandir la fuerza deportiva del país y según se ha sabido ahora, decidió intervenir con una posible compra del resultado ante el Estrella Roja.

Aquél campeón por el que Papadopoulos sentía un aprecio exclusivamente interesado, estaba dirigido nada menos que por ‘Pancho’ Puskas y tenía un apartado físico espectacular. Destacaban Antoniadis (máximo goleador en aquella edición con diez goles y pichichi heleno hasta en cinco ocasiones) y los internacionales Kapsis, Domazos o Kamaras.

A sólo un paso de la final, el Estrella Roja les endosó un claro 4-1 en terreno balcánico pero en Atenas, tres goles de Antoniadis propiciaron el milagro y Grecia entera se volcó con la hazaña nacional. Ahora, la que fuera esposa del militar, Despina Gaspari, asegura que su marido la dijo antes de iniciarse el partido que “no había motivo para preocupaciones ya que el partido estaba comprado”, con lo que se han reabierto las dudas.

Días después, el Panathinaikos cayó en la finalísima de Wembley (2-0) ante el Ajax de Cruyff. Aquella noche, compras aparte, los griegos dominaron, tuvieron la posesión y merecieron mucho más. Curiosamente, Papadopoulos les había ofrecido 3.000 euros y una pensión vitalicia de 120 euros por el título, toda una declaración de intenciones.

Aquella vez, el dinero y el poder no fueron suficientes armas para un dictador que terminó sus días en la cárcel hasta que murió en Atenas, a pocos metros del Apostolos Nikolaidis, donde aquella noche se hizo historia. Desde entonces jamás se ha vuelto a repetir un éxito parecido y el castigo (de confirmarse) a la doble P (Papadopoulos-Panathinaikos) así parece indicarlo.

Genocidio a orillas del Elba

En tiempos del holocausto alemán nacionalsocialista (nazi), rodeado de genocidios contra aquellos que eran minoritarios, débiles o simplemente personas diferentes nacidas en una época de cruda realidad moral, hablar de fútbol puede sonar no sólo caótico, sino hasta despreciable.

En aquella Alemania recordada de por vida y tocada por la negatividad de sus lazos éticos, el antisemitismo dejó una huella imborrable, pero que a su vez originó el inicio de movimientos sociales en la parte oriental del país, que culminaron en la creación de numerosas actividades. Dentro de esos grupos nacidos de cualquier doctrina, gusto e incluso pequeño 'hobby' de la época, se encontraban numerosos deportistas que, por una u otra cuestión, habían logrado salir airosos de la crisis.

Así, los desaparecidos SC de Magdeburger, Cricket Viktoria Magdeburg (creado en 1897 por las raíces británicas) y Prussia, se organizaron para unirse en un sólo colectivo, que pasó a llamarse Sportgruppe (SG) Sudenburg. Aquello fue el inicio de un camino con muchos obstáculos, refundaciones y crisis financieras dentro de una institución que alternaba varios deportes (fútbol, balonmano y baloncesto entre ellos) y que, tras varios cambios de nombre (algunos debido a persecuciones de sus miembros o afiliados), todo se centró en el deporte rey en 1965, para darse a conocer al mundo como FC Magdeburg.

Por entonces, el club jugaba en la RDA (República Democrática Alemana), con lo que toda su historia se vio centrada en la política y en los cambios que la Unión Soviética mandaba vía Landers (estados ocupados). Los inicios, lejos de ser tan complicados como lo era todo lo que le rodeaba, fueron exitosos porque el Magdeburgo ganó tres Ligas y seis Copas en apenas quince años.

Dicen las lenguas expertas en el fútbol de los años 70, que nadie practicaba un fútbol tan contundente y de tanta velocidad en los extremos como el desconocido FC Magdeburgo. Y buena culpa de aquella generación que se ganó un hueco histórico por ser el único equipo de la Alemania Democrática que alzó un título europeo, la tenía su estrella, Martin Hoffmann.

El extremo fue uno de esos hombres de club, aficionados, amados por la hinchada y fieles a un escudo y a unos sentimientos. Hoffmann es el hombre perfecto dentro del fútbol de la RDA, ya que participó en todos sus éxitos. En 1974, logró el tanto ante Chile y, apenas dos años más tarde, anotaba en la Final de los Juegos Olímpicos de Montreal, en la que se impusieron a Polonia (3-1).

Pese a todo, el gran momento de la RDA, de Hoffmann y del propio Magdeburgo estuvo en la final de la Recopa de 1974, ante el Milan de Trapattoni. Aquél equipo joven, rápido y atrevido, sorprendió a los rossoneros y de la mano de Heinz Krügel hicieron historia con un (2-0) que fue la cúspide de una ilusión en la cara opuesta del Muro de Berlín. Seguin, Pommerenke o Sparwasser, daban fe de ello.

Desde entonces, tras la independencia del sistema de la Liga, las estrellas emigraron y la entidad sólo ha dado noticias negativas. Seguir vivos tras la reunificación sigue siendo hoy en día un paso al frente que el Magdeburgo intenta conseguir en la Liga Regional del Norte, varios escalones por debajo de donde se preveía hace más de tres décadas. Así, el corazón de la RDA vive ahora su particular holocausto.

EQUIPOS LEGENDARIOS

Steaua Bucarest - Los soldados del régimen

Inter de Milan - 1989 y los 60

FC Magdeburg - Genocidio a orillas del Elba

Panathinaikos - Castigo a la Doble P

Egipto - Los 'faraones' de Shehata

Corea del Norte 1966 -
The Game of their lives

Equipos míticos: Inter 1989 y los 60


18 años de sequía

La hinchada neroazurri ha sufrido demasiado tiempo. Proyectos con grandes expectativas que se desmoronaban, numerosos fichajes que nunca llegaron a paliar las verdaderas necesidades del equipo y, sobre todo, la sensación de inestabilidad constante en una institución que ha tenido un exagerado déficit de títulos en relación a la historia que un día le marcó entre los grandes. Alejado de las polémicas que le terminaron por adjudicar el Scudetto 2005-2006 en los despachos, que dejaron un sabor tan amargo como que el propio Moratti afirmó que sólo había celebrado ese título con una botella de cava y en familia, tocaba centrase en el 'bloque' y repetir la gesta de casi dos décadas atrás, el tiempo que hay que retroceder para volver a ver al Inter campeón.

Aquél vestuario estaba comandado por Giovanni Trapattoni, maestro del catenaccio y que había llegado dos años antes tras triunfar en la Juventus, donde creó la base de la futura Italia campeona del mundo en el 82. 'Il Trap' tenía un once bastante idealizado, en el que la defensa tomaba un papel fundamental con los Bergomi, Brehme, Matteoli, Ferri o Mandorlini como protagonistas de la base en la que se asentaba el juego interista. El mítico capitán Bergomi junto al potente Brehme, eran por entonces una pareja de ensueño en la que Trapattoni depositaba buena parte de sus esperanzas, pues para la creatividad y la fantasía ya estaban otros.

El buque insignia de este Inter campeón era Lothar Matthaus. El eterno capitán alemán había llegado ese año como estilete del nuevo proyecto que gobernaba desde el sillón presidencial Ernesto Pellegrini y no tardó en dar fe de ello en los que quizás fueron sus mejores años. Llegaba con la experiencia de quien había ganado ya tres Bundesligas con el Bayern y con el 'hambre' para reactivar a un grande aletargado que necesitaba recordar lo que era ganar el Scudetto ya que, por entonces, eran nueve años sin vivir el éxito.

Acompañado de jugadores en un buen momento y cuyo rendimiento fue ejemplar, como Berti, Bianchi o Ramón Díaz (técnico actual de San Lorenzo), Matthaus lideró al Inter, que necesitó los goles de Aldo Serena, nada menos que 22 dianas, para encontrar el camino ideal hacia un Scudetto que, a día de hoy va a ser el penúltimo (despachos a un lado), en la historia interista.

Il Scudetto Dei Record

Además de haber dejado un gran recuerdo en lo que al título liguero se refiere, aquél Inter campeón del 89 tiene a día de hoy los números de su parte porque fue todo un ejemplo estadístico. Basta decir que en esa campaña sólo cayeron en dos partidos, ante Fiorentina y Torino como visitantes, permitiéndoles cantar el alirón semanas antes de que finalizara la temporada. Los once puntos de diferencia final respecto al Nápoles, que sería campeón un año más tarde, coronaron a este equipo entre los grandes.

En el aspecto goleador ya citamos a Aldo Serena como su artillero, dado que el estado físico por el que atravesaba el internacional era tremendo, aprovechando su racha en un año ideal. Sus 22 dianas le hicieron ser el goleador del equipo, ya que logró más del 30% de los 67 con los que el Inter finalmente se proclamó campeón. Ramón Díaz con doce tantos y una gran capacidad de llegada era su principal compañero en tareas atacantes. Así mismo, recibió 19 goles en los 34 partidos.

El gran Inter de los sesenta

Cuando el Madrid arrollador de Di Stéfano se venía abajo tras dominar Europa, entró en acción el Inter de Milan. La historia neroazzurra invita a afirmar que éste, fue el mejor equipo que jamás allá tenido la institución y que mezclaba varios estilos para un bien común que, finalmente, pudo coronarse en Europa.

El principal protagonista no era otro que el mítico Helenio Herrera, quien abrió las ilusiones con su fútbol de 'estudio' que le valió su apodo de 'Mago'. Aquél Inter estaba liderado por Luís Suárez, balón de oro en la época y por el incombustible Sandro Mazzola. A su lado, haciendo honores a un bloque compacto, estaban los Facchetti, Corso, Burgnich, Peiró o Picchi, que llevaron hasta los extremos la 'pizarra' en el aspecto defensivo, con un cerrojo en toda regla que secaba los ataques rivales con un líbero como cabeza de turco. Ese revolucionador método surtió efecto a lo grande porque 2 Copas de Europa y 2 Intercontinentales no se ganan solas, menos aún si hay que dejar por el camino al Real Madrid (5 Copas de Europa por entonces).

Ahora, cuando el Inter sumará su 15º Scudetto, estos míticos recuerdos engrandecen la temporada actual que, sin duda, pasará a la historia como la del claro dominio neroazurro, más aún si mantienen su imbatibilidad.


 
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