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El checo de oro

Soy de los que defiende que muchos de los jugadores que nos deleitaron en épocas anteriores, no serían hoy más que comparsas víctimas de su físico. Hay incontables ejemplos de cómo la técnica era la virtud estelar y casi exclusiva de los mejores jugadores de épocas pasadas. La facilidad hacia la vida desenfrenada o, al menos, alejada del profesionalismo actual (donde es impensable lucir michelines y hasta criticable no entrenar a menudo) hace casi imposible la comparación entre aquellos mitos y los actuales.

Sin embargo, siempre hay quien hubiera tenido más facilidades para acoplarse en una época posterior a la que le tocó vivir y, entre todos ellos, destacaría la figura del checo de oro: Joseph Masopust. No tenía un físico especial ni mucho menos pero, consciente de ello y con una señera capacidad de sacrificio, se preparaba a conciencia cada invierno en las montañas checas. Retirado de la ciudad y con la mente liberada. El, mejor que nadie, sabía que cuidando su medio de trabajo y perfeccionando en la concentración, no le iban a faltar coronas (moneda checa) que llevarse al bolsillo en una Checoslovaquia sumida en la ausencia de la democracia liberal.

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El teutón de mis sábados



Tiraré de memoria y de infancia para recodar una de mis primeras tomas de contacto con el fútbol fuera de mis fronteras. Rondando los 8 o 9 añitos (no me pidáis más exactitud), mis fines de semana comenzaban levantándome a las 8 de la mañana. ¡Loco!, me decía mi madre mientras el resto de la casa aún dormía. No era mi hora Warner desde luego, pero mi ilusión estaba puesta en Telemadrid.

Allí, en aquel canal que pese a vivir en Toledo yo conseguía sintonizar desde mi casa sin muchos problemas, emitían fútbol alemán. Así, conocí a muchos de los aún hoy rondan por mi cabeza, aprendí que aquel campeonato con tantos balones colgados al área y un frío reconocible con el 'humillo' que desprendían los jugadores al respirar, se llamaba Bundesliga. ¡Cómo me gustaba Alemania!

De repente, como niño que era, hay que hacerse fans de algún equipo inmediatamente. Mi cabeza recuerda aún al Eintracht, y que los comentaristas hablaban de el como uno de los 'gigantes' en horas bajas, también me mostraban que el Kaiserslautern, era uno de los fuertes, y que tenía al defensa rubio que yo aún recordaba metiendo el gol de la final de Italia 90, aquél con muchas entradas que tenía cara de alemán por todos lados (Brehme).

Pero, cuando sábado tras sábado me encontraba con un mismo equipo sobre el césped de mi salón, me di cuenta que, posiblemente se trataba del mejor equipo de aquella Bundesliga. Ése equipo era el Bayern de Munich, que por aquel entonces vestía una elástica a rayas rojas y azules (foto), que simplemente me enamoraba.
¿Qué fácil era hacerme seguidor de un equipo verdad?

IIuminado por la belleza de ese uniforme tan apreciado para mis ojos, había que aprenderse los nombres y relacionarse directamente con alguno de aquellos mágicos jugadores. Un rubio con melenas que la pegada a romper (
Alain Sutter), un defensa bajito pero audaz que ya había visto en algún sitio antes (Lothar Matthäus),... y sobre todo, un endiablado de calidad y velocidad del que decían, estaba enloqueciendo al país, Mehmet Scholl.


Aquel, en apariencia, débil jugador, se incrustaba entre los puntas y el mediocampo, era el enganche para ambas líneas y se movía con la libertad que necesitan los maestros para crear a su gusto. Pronto supe que las niñas alemanas le tenían como ídolo de masas, que era un tipo con las ideas muy claras como demostraba en ruedas de prensa nunca faltas de humor, y que, al igual que el portero rubio que siempre tenía la cara sonrojada (Kahn), había llegado del Karlsruhe, que a su vez le recordaba de una goleada que le hizo al Valencia y le dejó fuera de la UEFA.

Ese chico avispado que lograba que yo regañara cada inicio de fin de semana con mi madre, se fue haciendo importante en el panorama futbolístico al tiempo que yo crecía. Dejé de tener al Bayern como mi equipo, no me gustaba como se comportaban con aquellas cervezas que les regalaban y las tiraban por el suelo, pero seguí la trayectoria de Mehmet.

Las lesiones le oscurecían a menudo, pero tanto en el Bayern como en la
Mannschaft, comenzó a ser importante, hasta el punto que hoy en día (con 36 años), apenas juega, pero siempre es el recurso (muchas veces ha salvado la papeleta) para solucionar los problemas de un equipo sin creación ni calidad. El, talentoso, veloz de movimientos y con un guión que en Alemania desconoce, ha sido siempre, distinto. Una especie inexistente.

Esta semana, el recambio ideal de Magath, ha anunciado que se retira. Lo hará en un amistoso ante el Barcelona, pero antes, tiene una asignatura pendiente, y es dejar fuera al Real Madrid en su camino a la Champions. Se marcha "Scholli", aquél teutón, de orígen turco, que desvelaba mis sábados.

Fotos: Libres

 
© El diseño es propiedad de Jose David López. Adaptación por Ktm