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Las tres versiones de la Brabançonne

Mi ignorancia en temas políticos, sobre todo en los de índole internacional, se cruzó hace unos días con mi querido deporte rey. Yo pensaba como un simple bobalicón, que aquellos rumores de selecciones catalanas, vascas, gallegas y hasta murcianas, con sus consecuentes efectos sobre el fútbol nacional, eran franquicia del territorio español. Estos debates de nuestro fútbol, que en muchas ocasiones vienen creados por fines políticos como trasfondo, podían alterar la competición en un futuro pero no hay que indagar demasiado para ver como en un estado con división de ideas (quizás más contundentes y sectoriales aún que las que nos rodean), estas consecuencias ya rebasan cualquier obstáculo.

Aprovechando que Bélgica se enfrenta a España este miércoles y más aún que la cita llega en un momento clave para el fútbol flamenco (si a estas alturas se permite denominarlo así), quise exprimir las fuentes para entender el porqué de una posible escisión en el fútbol belga. Lamentablemente, esta es inexplicable sin el papel político-social que se manifiesta diariamente en las calles de un país dividido administrativamente en tres regiones y tres comunidades, cada una de ellas (Flandes, Valonia y Bruselas) exclusiva en sus ideas y diferenciadas en su comunidad lingüística (flamenca y francesa).

Desde el pasado mes de diciembre, las controversias entre los dos grandes sectores de población del país, (flamencos y valones) han crecido hasta el punto de que muchos ven una desaparición futura del estado belga. Desde entonces, se formó un gobierno interino que los más independentistas ven como el inicio de un desmembramiento, ya que aseguran que salvo monarquía, el chocolate, las cervezas y, desde luego, la selección de fútbol, poco tienen en común que les una a luchar por mismos intereses.

Esta crisis ha servido para que se debata un tema que hasta ahora resultaba tabú, como es la desaparición de Bélgica, pero en lo que al fútbol se refiere, ya ha originado el primer gran golpe. Cuatro meses atrás, el ministro de Deportes de la región de Flandes, Bert Anciaux, afirmó que había llegado a un acuerdo con la Unión Belga de Fútbol para poner en marcha una liga flamenca a partir del próximo enero. Su Gobierno aportará 5,5 millones de euros para apoyar a los equipos flamencos que, desde 3ª División, pertenecerán a la nueva competición.

Ahora que se ultiman detalles para iniciar ese polémico proyecto, el último campeón liguero y única potencia del país en Europa actualmente, Standard de Lieja, quiso dejarse notar en un debate que puede desencadenar grandes cambios en el fútbol europeo. Su vice-presidente amenazó al citado Bert Anciaux ya que ve en ese proyecto el primer paso para una “escisión total” que, en caso de concretarse, acabaría con el cuadro Rouche (el que mantiene con sus figuras la actual selección belga) jugando en el campeonato francés.

Estas decisiones, con fines completamente políticos y empresariales, debilitan aún más a un país y a un fútbol que se buscan a sí mismo. Como diría Dadán, este plan para crear una competición exclusiva en categorías inferiores es casi apartheid, lo cual demuestra un paso atrás considerable y un golpe a todo progreso global. Esta noche en el antiguo Heysel, el moderno Rey Balduino, los 50.000 belgas que lo abarrotarán en busca de un sueño mundialista colectivo, deberían pensar profundamente mientras escuchan La Brabançonne, el himno nacional que, por descontado, también cuenta con tres versiones lingüísticas. ¿Cuál se impondrá?

El Diablo que perdió el crédito

Decían hace años que el elitismo reinante en el fútbol europeo iba a pasar a mejor vida y que, con el, los equipos y selecciones punteras iban a vivir épocas problemáticas. La igualdad que sacude actualmente a la Europa futbolística es un hecho que no se puede ocultar. Ya no se ven goleadas, no hay rival débil y, sobre todo, nadie da una pelota por perdida en ningún momento. El grande por jugarse su orgullo y el pequeño porque está ante la ocasión de su vida.

Entre esos apuros, hace años era raro pensar que Francia sólo pudiera ganar por un tanto a Georgia o que una selección tan pobre futbolísticamente como Armenia, cortara la racha de Polonia que, sin estar al nivel de antaño, si es mucho más constante que otras. La gran debacle dentro de estas sorpresas viste de rojo, un día se ganó el apodo de ‘Diablos’ y llegó a jugar unas semifinales mundialistas (1986).

Naturalmente, Bélgica vive encuadrado en un nivel medio bajo dentro del panorama actual. No sólo porque no se capaz de recuperar el nivel exhibido por los Scifo, Preud'homme,
Van der Elst o Jean-Marie Pfaff, que recuerdan que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino porque las sensaciones no son nada halagüeñas. René Vandereycken, actual seleccionador, tiene en cada convocatoria a jugadores con calidad, con cierto poder específico en sus respectivos equipos y hasta con alguna estrella para el futuro (De Mul o Vanden Borre), pero el grupo no ofrece los rasgos de competitividad que exige el fútbol actual.

Buffel, Van Damme, Van Buyten, Dembele, Martens, Huysegems, Kompany,… nombres que se han quedado muy por debajo de lo que se esperaba o que, desde luego, no son capaces de mostrar su mejor versión cuando forman grupo. Finlandia les pasó por encima este miércoles (2-0) en un partido en el que hasta un
búho parecía dispuesto a indagar en la herida de los ‘flamencos’ que dicen adiós a la Euro 2008 justo un año antes de su comienzo.

Ese estancamiento del combinado nacional no es ajeno al campeonato liguero donde, salvo excepciones, los mejores jugadores siguen siendo extranjeros algo que, además, fomenta que los clubes sigan reforzándose en el exterior y descuidando el ya mermado fútbol base. Hace mucho que no vemos a un Anderlecht con poderío en Europa o a un Brujas intimidador en UEFA, por no recordar al mítico
Malinas del 88 y es que en aquella época, el prestigio de los Diablos estaba en apogeo. Lo peor es que la actual parece otra generación perdida y empezar de cero se antoja un nuevo paso atrás.


Foto:AFP

 
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